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Primera parteEditar

Diario holográfico de Henry Briggs, xenobiólogo 21 de diciembre de 2642

Últimamente le he dado muchas vueltas en mi cabeza a las luchas que llevaron al asesinato de Tom. Reconozco que el viaje, que está llevando más tiempo del esperado, está empezando a desesperar a más de uno, y algunos comienzan a perder los nervios. Una atmósfera de miedo y temor se está propagando por toda la flota, y eso da lugar a luchas no intencionadas entre buenos amigos y familiares. Lo que no entiendo es por qué tanta gente está empezando a actuar de manera tan extraña. ¿Por qué gente buena se está armando y está haciendo explotar naves?

Le he estado dando muchas vueltas a esta locura colectiva, pues mi trabajo no dará comienzo hasta que aterricemos en la Nueva Tierra. Como soy una de las pocas personas a las que Connery ha invitado personalmente a la flota, me ha brindado la posibilidad de viajar de una nave a otra sin problema alguno, siempre y cuando hablara bien de él y convenciera a la gente de que todo iba bien. Sé que Connery cometió algunos errores, pero que tire la primera piedra quien sea perfecto. Al menos reconozco que no solo era un gran hombre, sino también un gran visionario, y no creo que volvamos a encontrarnos con un ser humano como él. Aunque me cueste admitirlo y no lo vaya a hacer jamás en voz alta, me temo que ya no es su visión la que nos guía.

Connery creía en la paz y en la igualdad, y supe cuánto sufría al imponer la más mínima de las restricciones durante las primeras revueltas, y mucho más aún los toques de queda que los militares le instaban a declarar. Sé de buena tinta que pretendía anularlas cuanto antes, pero su muerte arrojó por la borda cualquier esperanza. Los jefazos de la República Terran no comparten su punto de vista. Si pudieran instalar brazaletes rastreadores a todos y cada uno de nosotros con tal de supuestamente «garantizar la paz», lo habrían hecho incluso antes de enviar al espacio el cadáver de Connery. La jerarquía de la República Terran solía ser transparente, por lo que todos sabían a quién iban a votar y qué se haría. Es una pena que hoy en día este sistema haya pasado a ser exactamente lo opuesto al sueño de Connery. Si aún estuviera con vida, habría hecho algo para intentar encauzar sus sueños e ideales. No me considero una persona vengativa en absoluto, pero me gustaría saber quién fue el responsable de su muerte.

No existe tanta diferencia con respecto a mi época universitaria, y la gente está empezando a formar grupitos. Me he percatado de que quienes mantienen la ley y el orden temen la escalada de violencia y están empezando a confiar más en la República Terran, la cual ofrece discursos de paz y seguridad, y parece ser que mucha gente se siente reconfortada por esos mensajes de tranquilidad. Quieren protección y confían en que la República Terran garantice que todos sean tratados con igualdad. Y aunque considere que la República Terran está a un paso de ser una banda de dictadores, al menos logran mantener la paz. Quizá eso sea lo que mucha gente necesita en esta época tan turbia.

Segunda parteEditar

Hay un grupo llamado Nuevo Conglomerado, formado por hombres de negocios, que me ha sorprendido bastante. Sabíamos que contrataban a mercenarios y, dejando de lado la paradoja de que los directores ejecutivos más importantes de la Tierra colaboren con asesinos, comprendo el porqué. Lo que no esperaba era que tanta gente joven se pusiera de parte del Nuevo Conglomerado, pero es comprensible, pues este grupo exige libertad y el cese de la intervención gubernamental. Ambos grupos están cansados de las regulaciones del Gobierno, cada vez más estrictas, y se han unido contra un enemigo común. Supongo que aquel dicho de que la política une a gente de lo más dispar es cierto.

Yo, por otra parte, paso cada vez más tiempo con otros científicos, médicos y técnicos. No podemos reunirnos después del trabajo debido a las restricciones impuestas por la República Terran, pero cada día, entre pausas y cambios de turno, nos vemos unos cuantos en el comedor o en algún laboratorio y hablamos de nuestras vidas. A ninguno de nosotros nos interesa demasiado la política. Solemos ayudarnos los unos a los otros para solucionar problemas complicados o, simplemente, nos quejamos de la ignorancia que predomina en toda la flota. No hablamos más de una hora al día, pero espero con ansias esos momentos. Tras tanto tiempo de soledad, me siento a gusto hablando con otra gente como yo.

Ayer, antes del segundo turno de trabajo, volvimos a sumergirnos en nuestro tema de conversación favorito: la estatuilla. Les conté algunos detalles, más de los que había revelado hasta ahora, pero fui cuidadoso para no proporcionarles demasiada información. Aunque pienso bastante en este tema, me siento incómodo al hablar de ello con otras personas. Tengo la sensación de que es importante compartir con los demás lo que he aprendido de la estatuilla, pero no sé dónde está el límite de lo que puedo contarles sin que piensen que me he vuelto loco.

De ahí que no haya compartido con nadie más gran parte de lo que he aprendido. Al fin y al cabo, no puedo permitir que la República Terran se entere de lo que me ha ocurrido, pues no sé a qué tratamientos o experimentos me someterían. Cuando descubrimos la estatuilla al fondo del túnel, Tom y yo percibimos las vibraciones que emitía, como ritmos repetitivos que se asemejaban a las voces de un coro. No pretendía tocarla, y Connery me avisó de que no lo hiciera, pero aquellos ritmos, por extraño que resulte, me llamaban. Oía voces, aunque no audibles, sino en mi cabeza... Lo que siempre imaginé que sería la telepatía.

No se comunicaba a través de palabras, sino mediante imágenes y sensaciones. Durante un momento pude contemplar un sistema estelar trinario, y al siguiente instante me veía arrojado contra un muro de fuego. Sentí euforia y un miedo infinito al mismo tiempo.

Tercera parteEditar

No se comunicaba a través de palabras, sino mediante imágenes y sensaciones. Durante un momento pude contemplar un sistema estelar trinario, y al siguiente instante me veía arrojado contra un muro de fuego. Sentí euforia y un miedo infinito al mismo tiempo.

Vi rostros de gente conocida y, como sabría más tarde, también los de gente que conocería en el futuro, por raro que suene. Y pude sentir algo más, sus emociones: sus aflicciones e ilusiones. Sentí a mis padres como nunca antes: sentí el amor que profesaban por mí cuando era niño y cómo intentaban ayudarme antes de que los ahuyentara por completo. Percibí con claridad cómo les infligía daño cada vez que les contestaba, y sentí una profunda vergüenza por lo que les hice tanto a ellos como a otros.

Antes, nunca había tenido la sensación de que mi comportamiento fuera «raro». La gente era como un libro cerrado para mí, y prefería que así fuera. Yo había obtenido tres doctorados y el resto de la gente eran simples ignorantes cuyos problemas no me interesaban. Desde aquellos días, sin embargo, tengo la impresión de haberme abierto un poco más al exterior.

Es como si ese artefacto hubiera penetrado en mi mente y me hubiera hecho entender por vez primera el daño que había causado por mostrarme distante con todos los que se interesaban por mí. Pero también me mostró imágenes mías con amigos, riendo... disfrutando la vida. Pensé que se trataba de un sueño extraño por aquel entonces, pero estoy seguro de que se trataba de una profecía.

Recuerdo que la carne de mis brazos se tornó translúcida, se agrietó y desgarró, y tan solo podía contemplar el suceso. Esquemas alienígenas de gran complejidad cubrían todo mi campo de visión y se extendían en todas direcciones. No podría explicar las formas y sentimientos que vi y experimenté, al menos, no con palabras. Tampoco pude comprender al principio los sonidos que oía, una mezcla de ruido estático y reverberaciones; tras un rato, los ecos cacofónicos se sincronizaron como una señal de radio antigua y oí una única palabra: Vanu.

Cuando yo mismo pronuncié esa palabra, me sentí arrojado repentina y violentamente de vuelta a la realidad.

Me desperté del trance en el que había caído y me vi de nuevo en el túnel, esta vez sin tocar la estatuilla. Connery había tirado de mi brazo y me había liberado. Tan solo trascurrió un momento, pero el instante en el que la estatuilla estuvo entre mis manos me parecieron días. Tuve la sensación de haber visto una sabiduría que jamás podría haber imaginado, y en mi cuerpo permaneció la sensación de un poder inmenso que apenas podía describir, como si se tratara de algo divino. En los minutos después de verme apartado del artefacto, esa sensación se empezó a esfumar como un sueño cuando suena el despertador.

Durante los días posteriores al suceso noté cómo cambiaban mis pensamientos. Mi mente racional parecía tan sólida como siempre, pero podía analizar desde otros puntos de vista cualquier problema o situación. Sentí de repente cómo mis ojos habían estado vendados en lo referente a numerosas áreas del pensamiento, y mi conocimiento se vio inundado por un amplio abanico de nuevos intereses. Al principio fue apabullante, pero podía discutirlo al detalle con Tom, que me ayudó bastante. Se trataba de una experiencia completamente nueva para mí: una interacción humana que me resultaba positiva y reconfortante.

Juntos debatimos ideas descabelladas acerca de la raza alienígena que construyó el artefacto. Como oí la palabra Vanu, supuse que debía de tener algún significado. Quizá fuera el nombre del Dios de los alienígenas, y la estatuilla era su ídolo. Tom bromeó y dijo que quizá se tratara tan solo del nombre de la figurita, pues nosotros también teníamos muñecas que se llaman Dorothy o Quincy Quack, así que quizá ellos tuvieran figuritas cabezonas llamadas Vanu. ¿O quizá fuera un muñeco coleccionable de una serie infantil? Recuerdo haber sentido verdadera ira por primera vez en mi vida cuando bromeó acerca de la estatuilla, y él se dio cuenta. Nunca más volvió a hacer ningún chiste al respecto. Cuando no me encontraba inmerso en el estudio de la estatuilla, Tom y yo nos imaginábamos cómo podría ser su sociedad y les dotábamos de emociones humanas, a pesar de que fuera obvio que no eran humanos.

Cuarta parteEditar

Logré convencer a Tom de que dejara en mi posesión la estatuilla para poder estudiarla y así aprender más acerca de esas sensaciones que experimenté cuando la toqué por primera vez. Estuve estudiándola durante los meses de regreso a la Tierra. A medida que el tiempo transcurría, me percaté de que yo había sufrido más cambios. Por mucho que intenté conjurar de alguna manera las voces, no volví a oírlas, pero dentro de mí empezó a gestarse una especie de propósito, mucho más fuerte que cualquiera de mis debilidades. Quizá hubiera sido buena idea detenerme a intentar comprender estos cambios, pero por primera vez en mi vida tuve la sensación de pertenecer a algo. Sentía que, por fin, tenía una razón de ser.

Vanu. Vanu era mi propósito, lo que daba sentido a mi vida.

Aún no era consciente de si todo esto estaba sucediendo de verdad, y rezaba en mi interior por no haber enloquecido de una manera que quizá no llegara a comprender. Huelga decir que no podía compartir con mis nuevos amigos lo que me ocurría, y aquel día en la cantina tampoco les revelé muchos datos importantes o comprometedores. Aun así, se mostraron entusiasmados por mis noticias, por el mero hecho de aprender algo acerca de una raza diferente a la nuestra. Como xenobiólogo, comprendo que la posibilidad de interactuar con seres diferentes a nosotros es como una ambrosía. Nuestro pequeño grupo está formado por almas gemelas a las que no interesa la política de la República Terran o del Nuevo Conglomerado, y se centran más bien en la esperanza de futuro que imaginó Connery.

Todos esperamos que una nueva etapa en la historia de la humanidad dé comienzo. Nuestros escáneres demuestran que la Nueva Tierra es un mundo inhabitable y devastado, e incluso científicos expertos me han comentado que, aun tras un proceso de terraformación, vivir en un ambiente tan hostil será complicado. De todas formas, somos muy flexibles y destacamos por nuestra tenacidad para superar problemas que pudieran parecer insalvables; y como ejemplo están los últimos 300 años de nuestra historia. Estoy seguro de que los descubrimientos que realizaremos harán que valgan la pena las dificultades que nos está arrojando este viaje. Probablemente a Tom se le ocurrieran palabras más elocuentes y tranquilizadoras para inspirarnos, pero ya no está aquí. Por suerte, yo sí he encontrado una nueva inspiración para el futuro.