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LIZABETH SANTIAGO, CEMENTERIO ESPACIAL DE SÃO PAULO 10 DE ABRIL DE 2638

237 cruceros y saltadores espaciales fueron transportados hasta el cementerio espacial de São Paulo para desguazarlos y utilizar sus piezas en la reconstrucción de 128 naves interestelares. Cada nueva nave estaría equipada con motores recién calibrados, estabilizadores, sensores, escáneres, sistemas de repostaje y estancias reformadas. Se procedió a la esterilización de 145 almacenes y se convirtieron en lugares provisionales e higiénicos en los cuales se podrían desempaquetar cargamentos procedentes de Australia, Asia y Venus.

Algunas de las naves eran de carga y podían volar por sí mismas, pero también había muchas destartaladas que tuvieron que ser enviadas mediante tren de levitación magnética hasta Brasil. El Senado tuvo que realizar algunos recortes para poder cumplir con la petición de Connery a tiempo. Se contrataron a centenares de técnicos que viajaron hasta allí para analizar qué naves se encontraban en estado aceptable para viajes espaciales y cuáles habría que desguazar. El cementerio espacial de São Paulo era uno de los más grandes del mundo y estaba supervisado por la capataz Liz Santiago, una veterana con 15 años de experiencia en el mantenimiento de vehículos, a quien Connery pidió que se uniera a la misión. Ella rechazó la oferta, pues decía amar su trabajo y no sentía ningún deseo de viajar al espacio. Liz supervisó la construcción de naves de varios tamaños, todas diseñadas para la exploración espacial, pero prefería permanecer en suelo firme.

Santiago estaba sentada en su oficina leyendo los informes de envío diarios antes de establecer comunicación con Gettysburg Food, la empresa contratista que ganó las pujas para suministrar comida a la flota. «¿Dónde narices están, Eddie?», espetó Liz. «Las malditas cápsulas tendrían que haber llegado ya». Se supone que Gettysburg tenía que convertir una quinta parte de las naves en cámaras hidropónicas en las cuales pudieran cultivarse frutas, verduras, hortalizas y cereales. Los productos lácteos tendrían que crearse de manera artificial y el agua se reciclaría a partir de desechos humanos que pasarían por un tratamiento especial. A falta de cuatro semanas para la fecha límite de mayo, tan solo habían entregado la mitad.

«Ya está casi todo listo», respondió Eddie. «Hubo un escape de líquido refrigerante en las cámaras criogénicas, y no creo que hubiera sido buena idea que las semillas maduraran incluso antes de pasar Marte. Necesitamos solo un par de días más, pero llegarán allí con tiempo de sobra. Venga, mujer, ¿acaso alguna vez te he fallado?». Liz había trabajado con Eddie Abrams al menos una docena de veces en el pasado y, aunque lo hacía a última hora, siempre entregaba mercancías de la mejor calidad.

«Eddie, te estás retrasando, incluso más de lo que es normal en ti“.

«Todo va viento en popa, confía en mí. Ya me lo agradecerás cuando todo haya salido a pedir de boca“.

«Va a ser que no», respondió ella con una ligera sonrisa, tras lo cual cortó las comunicaciones.

El viaje espacial iba a tener una duración de 28 meses, con algunas semanas de margen para tener en cuenta las naves más lentas de la flota. De camino a Neptuno habría tres estaciones de suministro y repostaje, y después no podrían obtener más suministros hasta que llegaran a Dosojin, Shiva y Shangdi, los tres planetas más alejados del sistema solar y de más reciente descubrimiento.

El dispositivo de comunicación emitió de nuevo un pitido. El nombre que aparecía en pantalla era el del presidente Connery. «Nada de palabrotas», se repitió a sí misma con tranquilidad.

«Hola, señor presidente», respondió con entusiasmo.

«Liz, te lo he dicho una y otra vez. Me puedes llamar Tom“.

Ella asintió. «Tiene razón, señor presidente, pero me temo que me lo tendrá que volver a repetir. Para mí siempre será el señor presidente».

El presidente suspiró y decidió ir directo al grano. «Ya estamos en abril, y no queda mucho tiempo. ¿Vas a respetar la fecha límite?».

«Por supuesto, señor presidente. Ahora mismo estamos terminando de construir las habitaciones, con capacidad para 750 personas por nave. Ya ha podido ver con sus propios ojos que no se trata precisamente de un alojamiento de lujo. Las zonas habitables serán muy reducidas, incluso la suya, señor».

«¿Vas a meter al presidente de la República Terran en un cuchitril?», bromeó. «Creía que me tenías más respeto».

«Y lo tengo, señor. De hecho, a pesar de que sea expresidente, me he asegurado de que, al menos, tenga un baño privado. No sé qué más puede pedir».

Connery no pudo evitar reír. «¿Seguro que no puedo convencerte de ninguna manera para que te unas, Liz? Será una magnífica oportunidad, y sabes de sobra que tu ayuda sería incalculable». «Lo sé, señor. De hecho, ya es incalculable».

Connery sonrió, agitó la cabeza y terminó la transmisión.

Liz apagó el dispositivo de comunicación y comenzó su ronda diaria. Connery le había confiado la seguridad de 75 000 personas. No le iba a fallar; y tampoco a ninguna de esas personas.

Liz Santiago era la persona más importante del cementerio espacial de São Paulo, y todos, incluido un expresidente de la República Terran, lo sabían.