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Primera parteEditar

Jake Duffy, Intendente de la República Terran. Estación gamma AMP 21 de junio de 2845

La voz de Duffy se podía oír a través de las paredes de plexiglás de su oficina. «¿Qué demonios haces ahí parada, Jones? ¡Deja de mirar las musarañas! Te he dicho que lleves esas malditas armas al muelle de carga A, ¡ya mismo!».

Se quedó contemplando el manifiesto y, después, fijó su mirada en la soldado Genny Jones, cuyo cuerpo temblaba de miedo; una chica bajita, de no más de 1,55 m de altura, con unos cabellos que le llegaban hasta los hombros y de color flamígero, a juego con su carácter. Le habían asignado a ella tan solo hace dos semanas la supervisión del suministro de armas, cuando aún se respiraba una relativa tranquilidad en las negociaciones con el Nuevo Conglomerado, pues pensaban que así contaría con tiempo suficiente para aprender el oficio mientras ambos bandos intentaban llegar a algún tipo de acuerdo. A nadie se le pasó por la cabeza que esos idiotas abrirían fuego a la mañana siguiente.

«115 minicañones de cadena. Necesitamos dos cajas de Bolt Drivers. Ah, y también necesitarán cyclers y pistolas repetidoras. Y que no se te olviden los explosivos. ¿Te has enterado, Jones?».

«Sí, señor», respondió en voz alta. «Los reuní en cuanto vi el manifiesto esta mañana, señor. Y ya los he cargado en los Galaxy. Estoy a la espera de recibir las coordenadas para enviarlos, señor».

Duffy la contempló sorprendido. Tan solo llevaba dos semanas y ya despuntaba. «Buen trabajo, soldado. Ahora mismo envío las coordenadas. Ah, y otra cosa más, Jones».

«¿Sí, señor?».

«Soy tan solo un intendente y no un oficial de alto rango. Llámame por ese título, por mi apellido o por mi nombre, pero no me llames "señor"».

«Lo siento. No lo volveré a hacer... Duffy».

«Espero que así sea, soldado. Y ahora, ¡a bordo! Tus compañeros serán Booth y Erickson».

Jones ya se había puesto en marcha.

Las tropas tomaron asiento dentro del Galaxy y se prepararon para el despegue. Dos minutos más tarde, la voz de Duffy se dejó oír a través de los audífonos del casco. «Los jefazos me han ordenado que os informe de vuestra misión. Prestad atención, soldados, porque no lo repetiré: dos de nuestras secciones de soldados se encuentran atrapadas en la isla volcánica de Searhus, y esos desgraciados del Nuevo Conglomerado los están atacando. Parece ser que se han hecho con el control del monte Magmatormentosa, y los ingenuos piensan que les vamos a dejar liberar a sus aliados que están encerrados en el centro penitenciario Kane. Si se salen con la suya, el Ejército del Nuevo Conglomerado será tan numeroso como el nuestro. Nuestro objetivo es fácil: no podemos permitir que eso ocurra. ¿Lo habéis entendido?».

Genny Jones gritó al unísono junto con sus compañeros: «Entendido, intendente Duffy. Entendido».

Segunda parteEditar

Mientras el Galaxy surcaba los cielos de Auraxis en dirección a Searhus, Jones repasaba en su mente una y otra vez la información con la que contaban acerca del enemigo. El Nuevo Conglomerado estaba formado por tres grupos muy diferentes entre sí, pero que aunaron fuerzas en pos de una meta común. Uno de los grupos estaba formado por empresarios y hombres de negocios; puede que no fueran los más arrogantes, pero eran propietarios o presidentes de las compañías más poderosas de la Tierra, así como de las colonias Terran, a las cuales extendieron sus tentáculos para garantizar su presencia en la otra punta del universo y que sus beneficios siguieran aumentando. Eran los jefes y directores de los antiguos conglomerados y ahora querían controlar los nuevos negocios. Resultaba obvio que gente como ellos no se ensuciaría las manos de sangre, así que trajeron consigo mano de obra, hombres y mujeres a quienes pagaban para que construyeran nuevas ciudades, factorías y otras instalaciones. Cuando hubieran terminado regresarían a la Tierra para obtener su salario. Por último, esos hombres de negocios no iban a ningún lado sin protección, y llevaban consigo al tercer grupo: mercenarios muy peligrosos y bien pagados.

A diferencia de la mayoría de la tripulación de Connery, cuya misión era la de colonizar y vivir en los nuevos planetas que descubrieran, estos grupos tan solo tenían en mente los beneficios que conseguirían. Querían regresar a su hogar en cuanto pudieran y hubieran terminado su trabajo, y no eran leales a Connery o a la misión. Al Nuevo Conglomerado no le importaba colaborar con ellos. Genny también leyó en algún lugar que cuando se encontraron al otro lado del agujero de gusano, sin posibilidad de regresar a casa y de reclamar sus ganancias, empezaron a distanciarse de ellos.

Genny recordó las palabras del sargento, esculpidas en su mente como si de una talla se tratase: «¿Queréis saber cuál es la diferencia entre ellos y nosotros?», gritó el sargento. «En cuanto esos malditos del Nuevo Conglomerado aterrizaron en Auraxis, se les ocurrió, así por las buenas, que las leyes de la República Terran, que habían acatado hasta entonces, ya no resultaban compatibles con sus necesidades egoístas. No aceptan ni comprenden que esas leyes se crearon para salvaguardar nuestras vidas y garantizar la paz, sobre todo teniendo en cuenta que estamos a años luz de nuestro hogar. Como siempre, esos capullos del Nuevo Conglomerado piensan en sí mismos y ya está».

Genny sacó su tableta y empezó a ver los vídeos de su familia, de los tiempos en los que vivían en Cyssor y reinaba la paz. Su madre sonreía y le lanzaba un beso. Su padre la miraba como siempre. Para él, ella seguía teniendo nueve años y coletas. Su hermana Lea gesticulaba con la boca: «Ten cuidado, hermanita», y arrancó una sonrisa a Genny. Sandy, su hermano mayor, agitaba la mano como despedida. Fue él quien se opuso enérgicamente a que no se alistara en el Ejército de la República Terran. Sandy, un físico teórico, estaba sumido en la secta Vanu e incluso estaba en contra de algunas de las leyes de la República Terran, pero nada se podía comparar con aquellos traidores del Nuevo Conglomerado. Mantenían discusiones eternas acerca de quién tenía o no la razón, y a ella no le quedaba más remedio que reconocer que, de vez en cuando, él estaba en lo cierto acerca de algunos temas; sin embargo, ella tenía la determinación de luchar por aquello en lo que creía. Estas desavenencias no significaban que no lo amase, y viceversa, y ambos rezaban por que la guerra no dividiera a su familia como estaba sucediendo en Auraxis.

De vuelta en su oficina, el intendente Duffy contemplaba cómo los Galaxy despegaban con destino a Searhus. Antes del despegue realizó una última revisión, como siempre. Al fondo vio una melena pelirroja. Se trataba de Genny Jones, que hablaba con Billy Pelz, un recluta novato de no más de 18 años que había mentido sobre su edad. Otro más de esos chavales que se emocionaban con la idea de participar en una guerra... ¡Tontos! No tenían la más mínima idea de lo que era una guerra. Duffy rezaba en secreto por que todos volvieran sanos y salvos.

Se dio la vuelta para comprobar en las noticias que ese nuevo grupo llamado Soberanía Vanu no hubiera tomado posiciones o lanzado un ataque. Por ahora no había cambios. Y ojalá permanecieran así. Auraxis se había convertido en un infierno y Duffy no quería que la situación empeorara. Agitó la cabeza y se preguntó a sí mismo como habían llegado a esta situación. Hasta la época en la que descubrieron Auraxis y aterrizaron, la gente había trabajado codo con codo por su propia protección. Domaron al planeta salvaje, llevaron a cabo el proceso de terraformación, cultivaron comida para todos, construyeron ciudades y fortificaciones y, en definitiva, sobrevivieron.

Habían cambiado tantas cosas en 175 años...

Despidió un suspiro, respiró hondo y después decidió llamar a Ben Davids, otro chaval novato que se alistó hacía apenas una semana. «¿Qué demonios haces ahí parado, Davids? ¡Deja de mirar las musarañas! Te he dicho que lleves esas malditas armas al muelle de carga B, ¡ahora!».